No descubrí que estaba herido hasta que vi que tu carne no era ya mi carne. Contemplé, con la vista anegada en gotas de salada tristeza, como comenzaban a sangrar los poros ahora vacíos de emociones. Y me lamí. Sí, me lamí como lo haría un perro; tratando de consolar con mi propia lengua el silencio de la tuya.
Pero seguía herido. Mal herido. No era mortal. La sangre que se perdía era la que una vez se había unido a la mía propia. Sangre en mi sangre, no de mi sangre. Sangre sangrando sangre. Dolor teñido de rojo. Rojo sangre.
Intenté cortar la hemorragia de ti. No podía. Por más que comprimía, seguía brotando ese líquido viscoso y rojizo: lágrimas de amor quebrado, cascada de promesas rotas teñidas de una pasión que ahora se coagulaba al poco de brotar. Dicen, digo, que lo intenté todo. Tú lo sabes. ¿Lo sabes? Me dueles, ¿lo sabes? Me dejaste mal herido, ¿importan las preguntas?
Y ¿qué más da? Ya te habías alejado y yo, inconsciente al principio de tu repentina partida y casi inconsciente por la hemorragia que llegó luego y me dejó sin fuerzas, no pude hacer más que tratar de no morir, de seguir viviendo con ese pedazo que faltaba, que poco a poco se iba cerrando y dejaba de sangrar; de sangrar esa sangre humillantemente vistosa ante mis ojos. Tan difícil de disimular ante los ojos de los demás. Simplemente te habías marchado y yo quedé ahí mal herido, lamido, desconocido, descosido, retorcido.
Hoy me he vuelto a mirar. Ya veo la cicatriz. No sangra. Es la certeza, el recuerdo de lo que ha quedado atrás, de lo que has dejado morir. La vida se abre paso, pero queda el recuerdo marcado en la piel. Quizás algún día pueda observar esa herida curada sin que vuelva a sangrar sangre en mi sangre, sangre de tu sangre, sangre que sangraba sangre. Ese día volveré, quizás, a sonreír. Ahora sólo me queda la boca torcida, la lengua rojiza, aún manchada de lamerme, y unos ojos que se empapan cuando tratan de mirar el espacio vacío en que ya no estás.

