Capítulo IV


Agnus umbrae


Con una mezcla entre angustia y cautela, David se acercó al contestador telefónico. Sabía de sobra que no era habitual recibir muchas llamadas al día. Su círculo de amigos no era demasiado amplio y de la familia, aparte de su hermana, casi nunca recibía llamadas. Aun más raro era que en tan corto espacio de tiempo hubieran tratado de ponerse en contacto con él tantas veces. Miró el botón de oír los mensajes y lentamente lo pulsó.

El aparato dio un pitido y comenzó.

Una voz de mujer murmuraba algo al otro lado de la línea. Al poco comenzó a hablar:

-¿David?, ¿David? ¿Me escuchas? –Se produjo un silencio y la voz comenzó de nuevo a mascullar. –Esto tiene que ser uno de estos aparatos del demonio. ¿Estás por ahí, David? Soy Asunción, la vecina de tu madre. –Volvió a quedarse muda en un intento de que quizás así conseguiría hablar con el chico, pero no dio resultado. –Bueno, no sé si me escuchas o no, pero haz el favor de llamarme en cuanto puedas. Ya sabes mi número y no te preocupes por la hora. Adiós hijo.

David no podía creer lo que oía. Sólo había recibido una llamada desde la casa de la señora Asunción un día de hacía dos navidades y tenía su número por si alguna vez ocurría alguna urgencia. ¿Qué podía querer? Comenzó a preocuparse por su madre, pero el contestador volvió a emitir el pitido que anunciaba el segundo mensaje.

-¡David! Soy yo, Asunción otra vez. ¿Me escuchas? Es importante que me llames, por favor. Te estoy esperando. –Y colgó inmediatamente.

El pensamiento de que algo grave le ocurría a su madre se le clavó en la mente con absoluta certeza. Estaba seguro de que algo pasaba, así que sin preocuparse por el tercer mensaje comenzó a buscar el número de aquella vecina en la pequeña agenda que descansaba al lado del teléfono. Mientras lo hacía, sonó el tercer pitido.

-Por favor David, escúchame atentamente. –Era la misma voz masculina del mensaje que había escuchado antes de salir de casa. –No voy a poder hablar contigo con tanta facilidad en adelante ni me podrás llamar al teléfono que te di hasta que no se resuelva todo esto, de modo que préstame atención. Es muy importante para mí y para otra gente que corre peligro. –El dedo índice de David temblaba sobre el nombre de Asunción, al que había llegado casi sin tener que buscar. –Estoy detenido acusado de haber asesinado al sacerdote de tu pueblo. No lo he hecho. Quería contarte algo antes de que esto ocurriera, pues me lo temía. Quizás pienses que no tienes nada que ver y es cierto, pero de algún modo estás involucrado con esto porque viviste el asesinato del padre Damián hace muchos años y quizás seas la única persona a la que puedo acudir a estas alturas. No te dije quién soy porque no queria que pensaras que trataba de engañarte, pero seguramente veas en las noticias el caso. No todos los días detienen a un obispo. –David se quedó de piedra. El obispo detenido y llamándolo a él seguramente desde comisaría, pues la detención se había producido por fuerza antes de la llamada. Se preguntó si era cierto eso de que un detenido tiene derecho a una llamada y si era así, no entendía por qué precisamente a él. Siguió escuchando el mensaje sin dar crédito a sus oídos. –Ya sé que te parecerá raro, pero no tengo mucho tiempo para hablar, así que óyeme con atención, te lo pido por favor. –La voz del que se suponía era el obispo parecía muy sincera, a la vez que desesperada. –Cuando ocurrió lo del padre Damián yo ya era obispo y ya por aquel entonces...

De repente, David oyó un ruído extraño, como de alguien moviéndose detrás de él. Se volvió y vió a un hombre alto vestido de negro. Su cara estaba demasiado cerca para distinguir las facciones con nitidez.

Antes de que lograra enfocar la mirada, notó un movimiento muy rápido y sintió un golpe en la sien. Un fogonazo destelló en su cabeza y todo se volvió oscuridad.


Aturdido, con un enorme dolor de cabeza, David se despertó. No podía ubicarse bien. Intentó recordar lo que había pasado mientras se llevaba las manos a la zona del golpe, que le dolía a rabiar. Todo lo que había ocurrido volvió de nuevo a su mente y buscó asustado al hombre que lo había agredido de ese modo tan extraño e imprevisto. No había nadie en el salón y la puerta de la calle estaba abierta. Estaba seguro de que la había cerrado al entrar.

Se levantó como pudo y recorrió la casa buscando algo, no sabía qué. Todo estaba en orden. No faltaba nada en ninguna de las habitaciones y el salón parecía intacto. El hombre que había entrado en su casa no era un ladrón. Volvió al salón. No sabía si terminar de oír el último mensaje o llamar a su madre, pero cuando se acercó al teléfono descubrió que el contestador sí había desaparecido. Había alguien que no quería que supiera algo. Todo le resultaba demasiado desconcertante.

La imagen de su madre volvió a su cabeza. Con toda la confusión había dejado lo que le parecía más importante de lado. Fue a coger el teléfono para llamar a Asunción y buscó la pequeña agenda que hacía un momento, no sabía cuánto exactamente, yacía al lado del teléfono. Tampoco estaba.

-¡Dios! –Gritó. Se miró las manos y las descubrió manchadas de sangre seca. La luz del día comenzaba a palidecer en su ventana. No eran más de las cuatro de la tarde cuando lo golpearon. Miró su reloj. Las siete y cinco.

Se reincorporó y trató de buscar una manera de conseguir el número de la vecina de su madre. No era tan complicado al fin y al cabo. Descolgó el teléfono y se dispuso a llamar a su hermana. Bajo el auricular, con letra pulcra y elegante había una pequeña nota.


No entres en este juego. No te conviene.


El auricular volvió a caer sobre el aparato. David sintió unas náuseas tremendas.

Capítulo III


Agnus dubitationis


Andrés fue el primero en ver entrar a David en el bar. Iba a hacerle un gesto para indicarle dónde estaban, pero entre tanta gente no se atrevió. De naturaleza reservada, Andrés, tendía a ser tímido y apocado. Los amigos lo tenían por muy buena persona, a pesar de su carácter que a veces parecía huraño, porque lo conocían lo suficiente como para entender que todo se debía a la timidez y a su a veces extraño sentido del ridículo. Avisó a Martín de la llegada de David y este enseguida comenzó a hacer gestos para que lo viera. David se acercó a base de empujones. No había otra manera en aquel bar atestado de gente.

-Hola niño. –Saludó Martín con su habitual tono burlón.

-¿Cómo estás, Martín? –Se le acercó y le dio un beso. Tan sólo con verlo se sintió mejor y olvidó en un momento todas aquellas historias que le habían sucedido unos minutos atrás. Se volvió e hizo el amago de dar un puñetazo en la barriga a Andrés. – ¿Qué tal, campeón? –le dijo con una sonrisa picaresca dibujada en la boca.

Andrés, como casi siempre, puso cara de circunstancias. Le gustaría tener esa facilidad de los demás para moverse con desenvoltura y saber tratar a la gente según su grado de cercanía, pero era algo que no le salía.

-Hola David, -contestó un tanto atropelladamente- Aquí estamos tomando algo. –Sus habilidades para la conversación tampoco eran de lo mejor.

El ruído de la gente en el bar y el televisor a todo volumen hacía que cualquier charla fuera a puro grito, lo que conseguía aumentar aun más el volumen de la incompresión. David se acercó a la barra para pedir una cerveza. Sus dos amigos tenían los vasos llenos aún. Allí volvió a recordar los acontecimientos tan extraños de aquel día y pensó en proponerles ir a un sitio más tranquilo para sentarse y hablarles del tema.

-Oye, David, -Martín le tocó el hombro para que se volviera. -¿Te parece que nos vayamos a otro lugar para poder hablar como personas? –Casi gritó.

-Era justo lo que estaba pensando. –Contestó David de inmediato.

-Entonces no pidas, que nosotros apuramos esto rápido.

-Vale. –Dijo David mientras se volvía. Al hacerlo vio en la televisión imágenes de la iglesia de su pueblo, que cambiaron inmediatamente a las de la policía sacando de un vehículo a un hombre esposado vestido de hábito. No se entendía apenas lo que la locutora comentaba, pero hizo un esfuerzo por captar todo lo posible.

...de esta diócesis castellano-leonense ha sido detenido como sospechoso de la muerte del sacerdote...

-¿Qué miras con tanta atención? –Le gritó Martín.

David se exasperó un poco. Aquel chillido en la oreja no lo había dejado entender bien la noticia. – ¡Shhhh! Espera, ahora te cuento. –Respondió rápida y nerviosamente.

... ocurrido hace ya 23 años, aunque de ser así, el delito habría prescrito según la ley vigente.

Las imágenes del noticiero volvieron al plató, donde comenzaron a relatar otra noticia relacionada con un polémico trasvase. David se volvió a sus amigos.

-Vámonos. –Les dijo sin esperar a que apuraran sus vasos. Andrés miraba atónito, como el que no entiende nada.

-¿Adónde? –Preguntó intrigado.

-Ahora vemos, no importa. –Contestó David, y sin esperar a que depositaran sus vasos en la barra trató de salir del bar lo más apresuradamente posible.

Una vez fuera le pareció que la suave lluvía que caía y el ruído de los coches era un placer para los oídos, pero sentía un nerviosismo que no era habitual en él. No entendía lo que estaba ocurriendo, pero de algún modo él estaba implicado en todo aquello y no le gustaba nada.

Martín y Andrés salieron del bar y se le acercaron curiosos.

-¿Qué ocurre? –Preguntó Martín intrigado.

-No lo sé, es que... –Una idea pasó de repente por la cabeza de David. –Andrés, déjame el móvil. –Casi le ordenó. Su manía contra los teléfonos móviles había conseguido hasta el momento mantenerlo apartado de comprarse uno, a pesar de que no había casi nadie que no lo tuviera.

-¿El móvil? ¿Para qué lo quieres si no te gustan? –Preguntó perplejo Andrés, que conocía bien a su amigo.

-Déjamelo hombre, ahora te explico.

Andrés se sacó el teléfono del bolsillo y se lo pasó a David. Vio como sacaba un papel del bolsillo de su abrigo y marcaba con una cierta torpeza los números.

David pulsó el botón verde de llamada y esperó para hablar con quienquiera que fuese el que le había dejado el mensaje. Lo más probable es que tuviera respuestas y eso era lo que más necesitaba ahora.

El silencio de la línea dejó paso a una locución grabada:

El teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura.

David sintió deseos de arrojar el móvil de su amigo al suelo. La rabia se lo comía por dentro, pero se contuvo.

-Oye, muchas gracias... me tengo que ir. Luego os llamo y os cuento. –Dijo casi sin esperar respuesta.

-Pero... –Martín no daba crédito a lo que estaba viendo. David se estaba portando de una manera inusual en él.

-De verdad, luego os llamo. Tengo que irme. –En la voz de David había un ligero tono de súplica, pero también de determinación. Sus amigos no comprendían lo que pasaba, pero entendían que él no actuaba así nunca, de modo que se despidieron y lo vieron alejarse en dirección a su casa bajo la lluvia.

-¿Tú entiendes algo? –Preguntó Martín a Andrés.

-No, nada, ¿y tú?

-Yo tampoco. Qué raro... –El tono de Martín era sincero y preocupado. Tomó a su amigo del brazo y volvieron a entrar en el bar.

David subió apresuradamente la escalera de su casa. Tenía un presentimiento y ya no podía permitirse el lujo de esperar más. No era sólo curiosidad lo que sentía. Entró en su casa y dirigió la mirada al lugar correcto. Sólo había estado fuera 15 minutos, pero tenía la convicción de que en ese tiempo algo más había ocurrido y casi sabía dónde estaban las respuestas. No se equivocaba, de momento.

El contestador parpadeaba. Había tres mensajes nuevos.

Capítulo II


Agnus imbris


Bajo la lluvia todo toma otra forma, otro color, otra esencia. Es como si a través de las miles de gotas de agua se pudieran ver otros tantos miles de mundos y de vidas. A David le gustaba sentarse tras la ventana para observar a la gente de la ciudad corriendo como si se fueran a diluir bajo el agua. Aquel día, él era uno de los que iba por la calle, pero no se apresuraba ni se escondía bajo un paraguas. Simplemente se dejaba empapar y sentía como las gotas corrían desde su pelo a la boca dibujando unas agradables cosquillas. No tenía prisa. Iba a casa tras la jornada de trabajo, como cada día.

Al entrar al portal, tal y como venía haciendo desde el día en que se instaló en aquel céntrico piso de la ciudad, abrió el buzón para recoger la misma correspondencia de siempre. Era una especie de rutina que le fastidiaba en el fondo, pues sabía que rara vez le llegaba una carta personal entre toda la propaganda, las comunicaciones de los bancos y los sorteos en los que supuestamente había ganado un magnífico coche. Se echó el montón de cartas al bolsillo del abrigo y subió apresuradamente la escalera.

El contestador parpadeaba con ese ritmo frenético de siempre y marcaba dos mensajes de voz.

-Ahora te escucho. Tranquilo. –Le dijo a la máquina que seguía con el ritmo incansable del led rojo.

Se quitó el abrigo y lo colgó en la percha. Al hacerlo, una carta cayó al suelo y recordó que tenía que sacarlas todas. Las colocó sobre la mesa. Casi se iba a dirigir al contestador cuando vio una que no correspondía a ninguna entidad. El corazón le palpitó súbitamente. Sabía que era su madre, una mujer que a pesar de los años, siempre se había negado a poner teléfono en la casa y prefería escribir de cuando en cuando. Se empeñaba en afirmar que las palabras escritas siempre permanecen. David sonrió al recordar las ideas de su madre, tan tozuda y concienzuda como siempre. Sabía que no le faltaba razón, pero echaba de menos poder hablar con ella tan a menudo como lo haría si pudiera llamarla y le preocupaba verla tan aislada en aquel pueblo que se iba muriendo poco a poco.

Se sentó en el sofá y abrió con cuidado una carta que empezaba con los buenos deseos de siempre e inundada de cariño explicaba los pocos acontecimientos de la pequeña villa que cada vez se iba quedando más desierta, pero de la que se negaba a salir.

-Yo nací aquí y aquí me moriré. –No había argumentos válidos ante la determinación de aquella mujer valiente que supo sacar adelante a una familia en un tiempo en el que no todo era fácil para una mujer viuda desde tan joven.

Hablaba del nacimiento de un niño, que, junto con una boda, era lo más importante que podía ocurrir allí; de la muerte de aquella vieja vecina y de los pocos acontecimientos que daban vida a aquel pequeño pueblo. Sólo al final, justo antes de despedirse, le contó escuetamente, casi sin querer darle la importancia que tenía la noticia, acerca de la extraña muerte del sacerdote que llevaba en la cada vez más desierta iglesia desde poco después de la tragedia de 23 años atrás.

David se dejó caer hacia atrás en el sofá medio aturdido y de repente le vinieron como en un flash todos los recuerdos de aquel día de cuando era pequeño.

Había rodeado la mesa y se había encontrado al Padre Damián, un hombre mayor y de gran envergadura, tirado en el suelo con el torso desnudo. Su pecho se abría en una enorme cruz que ya había dejado de sangrar, pero que bañaba todo de aquel color rojo oscuro de sangre coagulada. Su rostro céreo, salpicado de sangre, mostraba unas facciones de dolor. No se movía. El niño sabía que estaba muerto. A su lado había una hoja muy vieja que él no había podido entender. Muchas líneas llenas de símbolos y letras separadas por guiones. Imposible de entender. Sólo había retenido el título que destacaba arriba con una letra muy adornada: Agnus Dei, y una de las líneas más abajo subrayada con sangre que era incapaz de descifrar. Sólo había podido leer mi-se-re-re.

No supo cuánto tiempo había pasado hasta que consiguió volver a respirar y salir corriendo de la iglesia. En la calle vomitó y, llorando, no sabía muy bien si por la desgracia de su padre o por lo que había visto, la gente comenzó a acercársele y en poco tiempo la guardia civil lo asaeteó a preguntas que no acertaba a contestar.

El tiempo pasó y siguió sin saber lo que había ocurrido realmente. Era demasiado joven. Si hubiera tenido más consciencia, se habría dado cuenta de que realmente nadie, ni la guardia civil, supo jamás quién había hecho aquello y por qué.

David procuró volver al presente. Leyó rápidamente con la respiración entrecortada lo que restaba de carta y se quedó pensativo.

De todo lo ocurrido, lo único que podía adivinar ahora, 23 años después, es que el asesinato se había hecho, por la forma, con algún fin o de un modo fanático y que el extraño papel que reposaba junto al cadáver era una partitura. Las líneas y los símbolos no eran más que pentagramas repletos de notas musicales, pausas, bemoles, sostenidos, becuadros y el resto de los símbolos que se encuentran en ellos. En todos aquellos años se había interesado por el tema, aun sin querer volver atrás, y había descubierto que las misas cantadas en latín solían conformarse siempre de las mismas partes fijas y una de ellas, al final, era el "Agnus Dei": Agnus Dei qui tollis pecata Mundi, miserere nobis. Agnus Dei qui tollis pecata Mundi, miserere nobis. Agnus Dei qui tollis pecata Mundi dona nobis pacem.

Miserere, ten piedad, era lo que estaba marcado en la partitura.

Ahora había vuelto a morir otro cura en extrañas condiciones. No creía que pudiera ser algo tan macabro como la vez anterior porque en el tiempo que había tardado la carta en llegar, él no había oído, visto ni leído nada en ningún medio de prensa, pero se prometió buscar información en internet en cuanto tuviera tiempo. Allí trataría de dar con la prensa más local o los sucesos extraños y encontraría más información.

Por el momento trató de quitarse todo de la cabeza. No quería volver al día más extraño y triste de su vida, en el que fue testigo de un crimen monstruoso mientras su padre moría sin recibir la extrema unción.

Se levantó del sofá moviendo la cabeza lentamente y se dirigió al contestador. Pulsó el botón para escuchar los mensajes y la voz de Martín invitándolo a tomar un café con los amigos lo tranquilizó. Decidió que iría al bar a reunirse con él y sus amigos inmediatamente. Ya no tenía hambre. El siguiente mensaje comenzó con ruído de fondo y se acercó un poco para tratar de oír mejor. Una voz susurrante, ambigua y, de algún modo, atrayente, habló.

-David, no quieras saber quién soy. Eso no importa. Sólo intenta ponerte en contacto conmigo. No hay nada que temer. Llámame. Encontrarás el número en una tarjeta entre tus cartas. –Y colgó.

Un escalofrío recorrío la espalda de David. De pronto, una cantidad de ideas paranoicas se le vinieron a la cabeza. Si aquello tenía algo que ver con el asesinato, ¿por qué le daban un número que siempre sería fácil de rastrear? ¿Por qué lo llamaban a él? ¿Cómo sabían quién era y dónde vivía para poder meter la tarjeta en el buzón? En realidad ¿estaba todo esto relacionado con lo que había ocurrido tantos años atrás? ¿Y por qué precisamente ese mismo día de la carta de su madre? Corrió hacia el montón de cartas para buscar la tarjeta. No estaba. Comenzó a desesperarse, pues sin ese número se quedaba a ciegas, pero recordó que le había hablado de una tarjeta. Fue rápidamente hasta el bolsillo del abrigo y la encontró en el fondo. Era realmente un trozo de papel acartonado sin una forma recta que contenía un número de móvil escrito a ordenador. Nada más.

Se dirigió al teléfono para hacer la llamada, pero lo pensó mejor y decidió hacerla más tarde, cuando se hubiera calmado tras un rato con Martín y los amigos, así que volvió a dejar la tarjeta en el bolsillo, se puso el abrigo y volvió a salir a la lluvia sin percatarse de que mientras bajaba por las escaleras, el teléfono de la casa volvía a sonar.

Empieza aquí un cuento corto por capítulos. Quizás parezca que rompe la norma de lo que vienen siendo estas historias, pero en el fondo no es así. Según la aceptación que tenga, seguiré publicando o lo dejaré aquí, porque esto no es una historia que acaba tal y como empieza. Tiene varios capítulos y espero que lleguen por lo menos a algunos de vosotros. En todo caso, gracias simplemente por haber entrado. Comienza la saga.

Capítulo I

Agnus sanguinis

Exhausto y casi sin fuerzas tras la carrera, David consiguió a duras penas abrir el portalón de la iglesia. Se detuvo ante la atmósfera fría y desolada del antiguo edificio que, a la luz tamizada de la tarde, parecía que esperara a alguien para envolverlo con el eco de la soledad que transmitía.

El niño, de tan sólo siete años, no comprendía muy bien a lo que iba, aunque en lo más profundo lo temía.

-¡Ve a buscar al cura, rápido! –le había casi gritado la madre desesperada junto a la cama donde yacía su padre enfermo desde hacía varios meses. ¿Por qué no al médico? ¿Por qué al cura? Era difícil comprender a los mayores a veces, aunque en esta ocasión, aun sin entenderlo, lo intuía.

Papá se muere.

Se adentró lentamente en la iglesia vacía. A las cuatro de la tarde y con la lluvia fina que caía era difícil que alguien estuviera allí. Mientras caminaba por entre los bancos intentaba atar los cabos de por qué cuando alguien se está muriendo necesita a un sacerdote. Nunca antes había oído hablar de extrema unción, pero sabía de lo que ocurría en los pueblos como el suyo: cada acto de la vida, desde el nacimiento hasta la muerte, estaba siempre acompañado de la figura de aquel hombre que conocía desde que tenía uso de razón

-¡Padre Damián! –gritó. Las paredes y techos reverberaron durante unos instantes con la voz cristalina del niño. –Padre Damián, ¿está usted ahí?

David se quedó oyéndose a sí mismo, pero no obtuvo respuesta, de modo que siguió avanzando por la iglesia hasta alcanzar el altar. Allí intentó volver a llamar al cura, pero descubrió la puerta de la sacristía entreabierta y se acercó con lentitud hacia ella. Terminó de abrirla y un olor extraño le invadió el olfato. Era una mezcla entre el polvo acumulado de años y algo que no conseguía recordar. Intrigado, se quedó pensando y por un momento olvidó el motivo por el que había llegado hasta allí.

De repente se le vino a la memoria una de esas fiestas que hacían algunas veces los vecinos. Todos bebían vino mientras se oían los gritos del animal al que estaban degollando. Él no podía mirar. Esos gemidos eran como los de un recién nacido y lo hacían estremecerse hasta que por fin se callaban. Entonces todos volvían más contentos con el animal inerte y un barreño.

El olor de la sacristía era como el olor de la sangre del cordero. David dio un paso atrás.

-Padre Damián –esta vez su voz era casi un susurro y comprendió que no tenía sentido hacerlo así. Si no había oído los gritos iba a ser imposible que lo escuchara susurrar. Recordó el motivo de su carrera, se armó de valor y entró en la sacristía.

A pesar del desorden y el polvo, la estancia no parecía distinta a la única vez anterior que había estado allí, cuando con otros niños se coló para intentar descubrir qué se escondía en aquel misterioso cuarto del que salían el cura y los monaguillos. Había libros viejos por todas partes y una percha de la que colgaban las vestiduras del sacerdote pulcramente planchadas y limpias. Los papeles estaban desperdigados por todas partes y sobre la mesa había una pila de cartas que parecían antiguas. Todo daba la impresión de estar igual, pero el olor era distinto. Muy distinto.

Por mucho que intentaba aguzar el oído, David, no conseguía escuchar a nadie. No se oían pasos, no se oía una tos, una respiración o a alguien musitando una oración. El silencio era sepulcral.

Dio la vuelta a la enorme mesa para acercarse a la puerta que conducía más adentro. El olor le golpeó esta vez tan fuertemente que tuvo que volverse de inmediato. Intentó llamar al sacerdote de nuevo, pero la voz no le salía de la garganta. No lo dudó más y rodeó deprisa la mesa. Ahora tenía que saber lo que ocurría allí.

Lo que vio se quedaría grabado en sus retinas para el resto de su vida.


Después de varias horas de insomnio, Carlos cayó rendido en su sueño; un sueño que se repetía noche tras noche desde hacía casi dos meses y que lo llenaba de intensas sensaciones. Samuel, en el asiento de su coche detenido junto a una playa en la que se reflejaba una luna enorme y radiante, le mordía suavemente la boca y él se dejaba arrastrar, bajo su cálido aliento, hasta el final. No sentía culpa, ni desaliento; sólo podía percibir el dulzor de los abrazos y las caricias, las manos que se deslizaban sin pudor sobre su cuerpo y la lengua que, traviesa, lamía su pene erecto y tremendamente duro. Sólo cuando Carlos bajaba la cremallera de los pantalones de Samuel para descubrir su miembro era cuando se despertaba con una enorme erección. Más de una vez lo había hecho con los calzoncillos empapados. Era entonces cuando se sentía morir de nuevo, llorando mientras se secaba como podía para que nadie se diera cuenta de su debilidad. Aquella madrugada no había sido distinto.

En la puerta de un local de ambiente no muy lejano, Samuel trataba de deshacerse de un nuevo amigo de aquella noche que se empeñaba en que lo acompañara a tomar la última a su casa. No es que le desagradara; de hecho le parecía un chico simpático y agraciado, pero aquella era la primera vez que salía desde hacía un tiempo y aún no se sentía con fuerzas como para probar nada, aunque fuera un encuentro casual.

Había salido empujado por los amigos que ya estaban cansados de verlo tan triste desde el día que conoció y perdió, todo a la vez, a Carlos. Ni él mismo se explicaba cómo podía haber llegado a aquello. A veces se decía que en realidad no había pasado nada, que no era posible, pero muchas otras sólo podía recordar la sonrisa de aquel chico, el calor de sus manos, su mirada profunda, el sabor de su boca virgen y, sobre todo, la complicidad que había surgido en unas pocas horas y que se rompió como una copa de cristal por culpa de unas convicciones férreas y, a su juicio, equivocadas. Incluso estaba convencido de que Carlos seguía pensando en él. No lo había vuelto a ver. No quería. Sólo quería olvidarlo.

El chico de la puerta del bar le echó la mano por el hombro y lo sacó de sus pensamientos.

-¡Venga hombre! Anímate. –Le dijo.

En un arrebato de valor, Samuel lo miró fijamente y le respondió que sí. Ya era hora de romper con el pasado y en todo caso, aquella era una ocasión tan buena como cualquier otra.

-¿Dónde vives? –Preguntó.

-Aquí muy cerca. ¿Vamos?

-Vamos. –Samuel le echó el brazo por encima del hombro y se marcharon.

Por la mañana, Samuel se sentía contento. Había pasado una noche estupenda. Aquel chico, Ramón, había resultado ser una delicia, no sólo en la cama, sino en la forma de tratarlo, con una especie de cariño espontáneo que había despertado en él un sentimiento parecido. Los fantasmas habían empezado a desdibujarse.

Decidieron salir a disfrutar de aquel domingo soleado y después de una agradable sesión de besos, fueron a desayunar a una cafetería de un parque cercano. Allí, bajo un sol placentero y luminoso, hablaron de sus vidas por primera vez y empezaron a conocerse.

-Me gustas mucho. –Soltó de repente Ramón. La cara de Samuel se torció en un gesto de sorpresa y al instante recuperó la sonrisa.

-Y tú a mí. Más de lo que creía. –Le tomó la mano sobre la mesa.

-Anda que si no te insisto ayer…

Samuel rió. Aquel chico tenía algo que lo hacía diferente. La noche anterior le había parecido el típico moscón guapo que se acerca para conseguir sexo, pero en aquel momento ya lo veía de otra manera. No soltó su mano. Ambos se sentían cómodos y relajados y no se iban a dejar llevar por convencionalismos.

Varios chiquillos correteaban riendo por el parque. Algunas parejas paseaban con sus hijos pequeños. En algunos bancos podía encontrar a alguna persona solitaria que leía un periódico o simplemente disfrutaba del agradable sol de la mañana. Samuel lo miraba todo con una alegría distinta. Estaba viviendo aquel momento. No se percató de alguien que se acercaba por la acera.

-Hola Samuel. –Los ojos de Carlos lo miraban entre suplicantes y heridos. Samuel retiró automáticamente su mano de la de Ramón y éste se quedó mirando la escena perplejo.

-Carlos… -Era la última persona que esperaba encontrarse en ese momento.

Carlos fijó su mirada en la de Ramón. Resultaba difícil entender lo que pasaba por su cabeza en aquel momento.

-Supongo que es tu novio, ¿no? –Espetó sin mirar a Samuel.

-Eh… bueno… no. No lo es. Es un buen amigo. –Acertó a contestar confusamente Samuel.

Ramón volvió la mirada hacia su acompañante. Su incomodidad era palpable.

-Supongo que molesto. Si queréis me voy. –Dijo.

Samuel no sabía qué hacer ni qué decir. Sólo podía mirar a Carlos; más delgado que cuando lo conoció y que había clavado su mirada intensa en sus ojos esperando algún tipo de respuesta.

-Me voy. –Ramón se levantó de súbito de la silla. –No quiero andar molestando. Si quieres hablar conmigo ya sabes dónde vivo. Supongo que no es el momento de dejarte el teléfono, aunque no creo que lo quisieras. –Trataba de mantener la dignidad, pero se sentía dolido con aquella escena. Más de lo que los otros dos, absortos el uno en el otro, se podían imaginar. –Nos vemos.

-Ya hablamos Ramón. Lo siento. –Las palabras de Samuel salieron como un susurro con sabor a excusa. Su acompañante de la noche y la mañana se alejó sin decir nada ni mirar atrás.

-¿Por qué? –Fue la única pregunta que consiguió formular Samuel.

-Era tu novio, ¿no es cierto? –Los ojos de Carlos mostraban una mirada entre la rabia y el dolor.

-No. Ya te lo dije. Lo conocí anoche y… bueno, es un gran chico. Mira cómo se ha marchado sin montar un numerito.

Carlos se sentó en el mismo asiento que había quedado vacío un minuto antes.

-¿Has salido con muchos? –Preguntó.

Samuel se llevó las manos a la cabeza como para ayudarse a hacer un gesto de negación. No dijo nada. Carlos mantenía la mirada fija en él.

-Muchos, ¿no es cierto? –Insistió.

-¿Sabes, Carlos? –Samuel levantó la cabeza y le devolvió por primera vez la mirada con serenidad. –Desde aquella noche en que te marchaste no he podido parar de pensar en ti. No he salido apenas y fue justamente ayer cuando me empujaron a hacerlo por la noche y conocí a Ramón. Por primera vez había conseguido olvidarte durante unas horas. ¿Lo entiendes?

-Ramón, Ramón. –Repitió Carlos. -¿Te acostaste con él?

-Sí, claro. Es el primero con el que lo hago desde que te conocí. –Las palabras de Samuel tenían un deje de culpa y excusa. Tenía sentimientos encontrados.

-¿Cómo has podido? –Preguntó Carlos con rabia contenida.

Samuel se revolvió en la silla. Aquello comenzaba a parecerle absurdo.

-Pero ¿qué coño de explicación te tengo que dar yo a ti? ¿No recuerdas lo que ocurrió no hace tanto? ¿Acaso fui yo el que te hizo sentir como un aprovechado? –El tono de la voz iba en aumento. –No, Carlos. Fuiste tú el que me tuvo engañado todo el tiempo con tus líos mentales y ahora vienes aquí a volverme a hacer sentir mal por algo que no te debo. Tú no me querías. Sólo tenías ojos para tu conciencia, ¿no te acuerdas?

-Sí que te quería, Samuel. –Carlos bajó los ojos a la mesa donde reposaban dos cafés a medio terminar. –Te quería y te quiero. Desde aquella noche no he podido quitarte de mi cabeza. Estás en cada cosa que hago. Estás hasta en mis sueños. No consigo olvidar aquel día por más que lo intento. Hasta dejé de asistir a las reuniones. Me resultaba imposible soportar aquello que siempre me había parecido la guía de mi vida. –Samuel estaba atónito. No podía creer lo que estaba oyendo. –Ahora iba a la iglesia para pedir por enésima vez por ti. Ni siquiera he llegado…

Samuel le tomó la mano en un gesto súbito e impensado. Volvió a notar el mismo calor de la primera noche. Carlos miraba de un lado a otro nervioso. Comenzó a temblar.

-Aquí no, por favor. –Sus ojos eran una súplica.

Samuel soltó la mano respetuosamente y lo miró entre triste y ansioso.

-¿Aquí? –Preguntó. -¿Valdría otro sitio o volverías a montar lo mismo que la otra vez?

Carlos apoyó las manos sobre su regazo y le devolvió una mirada cargada de culpabilidad.

-Al menos permíteme que no sea delante de todo el barrio. –Dijo.

-¿Nos vamos? –Samuel comenzaba a excitarse. En su interior se mezclaban todo tipo de ideas y de sensaciones, pero ansiaba con toda su alma volver a besar a Carlos.

-¿Adónde?

-No importa. Fuera del barrio. A un sitio donde podamos hablar a solas. ¿Quieres? –Samuel esperaba tensó la respuesta.

Carlos hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

Al levantarse, Samuel miró a Carlos fijamente a los ojos y habló.

-Sólo te pido una cosa.

-¿Qué? –Preguntó intrigado Carlos.

-No intentes convencerme de nada, de verdad. Yo respeto tus creencias, pero tú tienes que respetarme a mí y a ti mismo, ¿de acuerdo?

-De acuerdo. –Respondió mientras se levantaba también. Esta vez fue él el que estrechó su mano y la apretó con fuerza. Durante los dos últimos meses se había debatido entre sus convicciones y sus sentimientos y se había jurado que si volvía a ocurrir algo semejante se dejaría llevar, pero no se atrevió a confesárselo a Samuel.

Ambos caminaron hasta el coche, que los condujo a una playa absolutamente desierta llena de dunas y de arbustos. Se sentaron sobre la arena y se miraron largamente.

-¿Y ahora? ¿Puedo tomarte la mano? –Preguntó Samuel más ansioso que nunca.

Carlos no respondió. Acercó sus labios a los de Samuel y como si fueran imanes, se pegaron unos a otros en un beso delicioso y profundo. Se abrazaron con fuerza y con ternura y se dejaron caer sobre la arena. Pasaron varios minutos hasta que sus bocas se despegaron. Carlos lloraba.

-¿Qué te ocurre? –Preguntó asustado Samuel.

-No lo sé. –Respondió Carlos. –Es todo tan bonito que no puedo creer que esté mal.

-No lo está. –Dijo Samuel.

-Ahora estoy seguro de que lo que siento es amor. Él lo entenderá, ¿verdad? –Los ojos acuosos de Carlos miraban a un Samuel expectante con una mezcla de alegría contenida y súplica. Era difícil saber por qué lloraba.

-Sí, lo entenderá. –Samuel le besó los labios y se volvió a apartar para observar la reacción de aquel chico, que sonrió y le respondió con otro beso.

- Gracias, Samuel. Gracias por entenderme y por respetarme. –Bajó la cabeza durante un momento y al levantarla, lo miró con decisión. –Somos novios, ¿verdad?

Samuel sonrió. Era imposible negarse a unos ojos tan hermosos.

-Supongo que sí… si tú quieres, claro.

-Por supuesto que quiero. –Respondió.

-Yo también. Aquella noche aprendí a quererte sin quererlo y tuve que aprender a olvidarte sin desearlo. No lo conseguí. –Una lágrima recorrió la cara de Samuel.

-Te quiero. –Susurró Carlos.

-Te quiero. –Le respondió Samuel.

Se besaron de nuevo y se deslizaron poco a poco a unos matorrales que los escondían de los ojos de cualquiera que pudiera pasar. Sólo el brillante sol los pudo acariciar mientras hacían el amor por primera vez sobre la mullida yerba seca. Algo había empezado a cambiar.

El último acorde del Agnus Dei quedó suspendido en la pequeña iglesia hasta disolverse en el silencio. El continuo murmullo del público volvió, poco a poco, a resonar. Samuel tenía un inmenso dolor de cabeza. Aquella tarde habría preferido no ir a cantar, pero lo hizo en uno de sus ataques de responsabilidad.

Durante toda la ceremonia se había estado fijando en un chico que en la segunda hilera de bancos prestaba toda la atención a lo que decía el párroco y que cada vez que la coral cantaba una de las partes de la misa, se volvía hacia ella con una mirada de éxtasis. Samuel incluso se atrevería a decir que en algunos momentos la vista de aquel chico se había quedado fija en él.

Cuando el sacerdote despidió a los feligreses, todos los miembros de la coral se bajaron ordenadamente de la tarima y al poco se dispersaron en una conversación trivial. Samuel se alejó hacia la puerta. Sólo tenía ganas de volver a casa. No se encontraba muy bien.

En el pórtico se encontró con aquel chico, que lo miraba fijamente. Él le devolvió la mirada intrigado y se volvió para bajar las escalinatas.

-Me parece precioso lo que hacéis. Es una maravilla. –Le dijo el chico de ojos brillantes y vestido un poco a la antigua, aunque tremendamente pulcro.

Samuel se sorprendió de aquel comentario. Casi no sabía qué decir.

-Muchas gracias…

-Disculpa. –Le cortó el chico. –Te he hablado como si te conociera, pero es que necesitaba decirlo. Me ha gustado muchísimo. Soy Carlos y estoy hecho un maleducado. – Sonrió.

-Encantado Carlos. Yo soy Samuel. Me alegro que te haya gustado tanto. No creas que es fácil preparar tantos temas. –Volvió a mirar a Carlos y notó un brillo especial en sus ojos. Le sorprendía gratamente aquel acercamiento repentino.

-Ya imagino que tiene que ser muy complicado. Suena hermosísimo. Si yo tuviera oído me apuntaría a la coral.

-Hazlo. –Respondió Samuel. –Siempre andamos escasos de gente y no te creas, hay veces que alguien sorprende porque no sabía que tenía oído. Es sólo cuestión de probar.

Carlos rió. Su sonrisa era perfecta y limpia. Sus rasgos delataban a una buena persona; a alguien sencillo y natural.

-Me echarían tal y como abriera la boca .-Dijo. –Mejor me quedo de espectador. Ya sabes, tiene que haber de todo.

Samuel no pudo evitar otra sonrisa y a pesar del dolor de cabeza se atrevió a apostar por algo que no sabía por dónde podría salir.

-¿Quieres un refresco? –Le preguntó. –Me muero de sed y mira, estoy solo…

Carlos quedó estupefacto. Jamás habría creído que un chico como Samuel, de unos 25 años, moreno y de rasgos perfectos, podría invitarlo así como así. Tampoco tenía costumbre de salir ni de relacionarse con otra gente que no fuera la de la universidad o la comunidad.

-Bien… claro, ¿cómo no? –Contestó algo avergonzado. –Así me cuentas más sobre las cosas que hacéis.

Ambos se encaminaron a una pequeña pero coqueta cafetería al otro extremo de la plaza.

Lo que había empezado por una conversación cordial se convirtió en una alegre charla acerca de todo. Samuel descubrió que Carlos pertenecía a un grupo de reunión de la iglesia. Lo llamaba la comunidad, aunque no daba más detalles sobre aquello que llevaba con un cierto orgullo. Carlos no paraba de reír con los chascarrillos de aquel otro chico que le parecía fascinante y de mucha vida. No se parecía a sus compañeros, siempre tan recatados y serios. Incluso llegó a sorprenderse de que Samuel le confesara que era gay. No lo parecía en absoluto y además le resultaba muy arriesgado comentar ese tipo de cosas tan mal vistas en el ambiente en el que se solía mover. Ante eso no tuvo más remedio que tragarse algún sermón aprendido y tratar de seguir como si nada. La conversación duró casi dos horas. El dolor de cabeza de Samuel había desaparecido.

-Mírame. –Dijo Samuel riendo. –En medio de una cafetería en plena tarde y vestido con este absurdo traje aún.

Carlos rió también. Le parecía divertido todo aquello.

-Es cierto. Pero te sienta muy bien. –Al segundo de decir aquello, Carlos se arrepintió. –Quiero decir que es muy elegante. –Continuó casi titubeando.

-¡Anda ya! No seas melón. ¡Es horrible! Parece de mi abuelo.

Carlos volvió a reír. Nunca se había sentido tan cómodo y tan feliz con alguien. Samuel cambió de repente la mirada y lanzó el órdago.

-¿Te importa si voy a casa a cambiarme y quedamos para más tarde?

-Tengo reunión dentro de dos horas y no sé hasta cuándo durará. –Los ojos de Carlos se tornaron tristes.

-Bueno… pues otro día, no pasa nada. –Dijo Samuel quitándole importancia. Tampoco quería influir en lo que hicieran los demás ni iba a ir rogando a nadie.

-Supongo que si falto un día no pasará nada, ¿no? –Preguntó tímidamente Carlos a la espera del beneplácito de su amigo.

-No sé. –Respondió Samuel. –Eso es cosa tuya. Tú sabrás. No quiero ponerte en un compromiso, ya sabes.

-No es ningún compromiso. Nunca falto. No va a pasar nada por no ir un día. Nos vemos luego si de verdad te apetece. –Resolvió decididamente Carlos.

-Perfecto. Quedamos aquí mismo en una hora y media, ¿de acuerdo? Vendré vestido para la ocasión. –Samuel volvía a sonreír.

-De acuerdo. –Respondió Carlos preguntándose que ocasión era aquella y con la duda de cómo tendría que ir vestido él.

Se despidieron y cada uno se marchó por un lado de la plaza. Carlos no vivía muy lejos, pero Samuel tenía que conducir hasta la casa de sus padres donde vivía.

A la hora en punto, Carlos esperaba impaciente en el mismo lugar. Vio aparecer a Samuel por una de las esquinas y se sorprendió de lo distinto que resultaba vestido con ropa de calle. Sus tejanos ajustados y con algunos rotos y su camiseta azul lo hacían parecer más alto y más musculoso de lo que le había dado la impresión sólo hacía un rato. Llegó a la conclusión de que cualquier cosa le sentaba bien.

-Hola Carlos. –Sonrió Samuel. –Ya estoy un poco más cómodo.

-Sí, ya veo. Te sienta muy bien.

-¿Te gusta? –Preguntó descaradamente Samuel.

-Eh… bueno… quiero decir que la ropa es moderna y bonita. –Respondió Carlos con un leve tartamudeo.

-Oye, no quiero ser indiscreto ni nos conocemos desde tanto tiempo, pero me pregunto si tú también entiendes.

-¿Qué? –Carlos estaba perplejo. No comprendía nada.

-Que si entiendes. –Volvió a repetir Samuel con una mirada pícara.

-No sé de qué tengo que entender. Entiendo de algunas cosas… ¿qué quieres decir con eso? –Preguntó inocentemente Carlos.

-A ver… te cambio la pregunta… ¿Eres gay? –Samuel se sentía un poco incómodo por haber soltado aquello, pero ya era demasiado tarde y no quería dar lugar a malos entendidos.

-Samuel, eso no está bien, ya lo sabes. –Respondió evasivamente Carlos. Su mirada contenía un toque de culpa.

Samuel lo miró de hito en hito y habló.

-No te he preguntado si está bien o no. Tampoco te lo he planteado como una cuestión moral. Sólo quería saber si eres como yo, nada más, pero tampoco quiero que te sientas violento. Supongo que si estás conmigo es que no está tan mal, ¿no? Al fin y al cabo tú sabes perfectamente que yo sí entiendo y aun así has aceptado en quedar conmigo. –Samuel trataba de hablar con calma, aunque se sentía un poco disgustado con la situación. –No me contestes si no quieres.

-Samuel, no te lo tomes a mal. Si lo que me preguntas es si tengo novia, la respuesta es no, pero yo no podría estar con un chico. Eso es algo que estaría muy mal. –Se explicó Carlos rodeando el tema de nuevo.

-Bueno, no te preocupes. –Resolvió Samuel. -Haz como si no hubiera preguntado nada. Venga, ¿dónde vamos estos dos chicos? –Forzó una sonrisa aún incómodo por la situación.

Carlos se sintió aliviado; tanto que incluso eligió el lugar adonde irían.

-Bueno, está un poco lejos, pero no hay prisas… supongo. –Se atrevió a añadir.

-No importa. –Dijo Samuel. –Vamos en coche. Venga.

Anduvieron tomando unas copas y luego se desplazaron a un bonito restaurante a la orilla del mar. Apenas había gente. El ambiente entre ellos volvía a ser distendido y divertido. No paraban de reír y de contarse cosas. Ambos se sentían tremendamente bien.

-Samuel, tengo que irme ya a casa o se preguntarán dónde estoy. No he dicho nada y es muy tarde. –La tristeza se reflejaba en los ojos de Carlos al decir algo que no deseaba.

-Entiendo. –Musitó Samuel. –Pagamos y te llevo de vuelta, pero espero que sigamos quedando, ¿eh? –Le guiñó el ojo.

Carlos sonrió y el rubor subió a sus mejillas.

-Pues claro que sí. Mañana mismo si quieres.

-¡Hecho! –Samuel le dio la mano en un inesperado gesto de trato y sintió el calor que irradiaba. Le costó trabajo soltarla.

Una vez ajustadas las cuentas, salieron del restaurante y se encaminaron al coche. Samuel arrancó el motor y ambos partieron hacia la ciudad de nuevo. En el corto camino, el conductor señaló hacia el mar en el que brillaba la luna.

-Es una noche preciosa. Mira cómo se refleja la luna en el agua y mira cuántas estrellas.

Carlos apartó la mirada del rostro de Samuel y observó lo que le indicaba.

-Sí… es todo divino. Un milagro de la creación.

-¿Quieres que paremos un momento? –Preguntó Samuel.

-Sí, claro. –Le respondió su amigo. –Hay cosas que no hay que dejar escapar.

-Tú lo has dicho. –Sonrió pícaramente Samuel.

El coche quedó aparcado al lado de la arena de la playa, pero ninguno de los dos se bajó. Ambos quedaron en silencio mirando el mar. Carlos volvió la cara hacia Samuel y este le devolvió una mirada sin palabras. No hablaron en todo un minuto, hasta que Samuel acercó sus labios a los de Carlos y los besó.

Carlos respondió tímidamente al principio, pero a los pocos segundos abrazó el cuello de Samuel y se apretó más a él. Era su primer beso y sentía cómo se mareaba y perdía el control. Jamás había sentido algo tan maravilloso.

Samuel lo tomó dulcemente y lo reclinó contra el respaldo del asiento mientras comenzaba a acariciar su cuerpo. De repente Carlos se zafó de su propia atadura y se incorporó en el asiento jadeando. Samuel lo miraba atónito.

-¡Esto no está bien! ¿No te das cuenta de lo que estamos haciendo? –Gritó desesperadamente. -¡Oh, Dios mío! ¿Qué he hecho?

-¿Qué te pasa, Carlos? –Samuel no salía de su asombro. Temía haberle hecho daño.

-¿Que qué me pasa? Pues está claro, ¿no?

-No, no está claro. –Se atrevió a contestar Samuel. –No entiendo nada, pero si tanto te molesta podemos irnos.

-Por supuesto. Llévame a mi casa, por favor. –Carlos lloraba. –Siempre me he comportado como debía y hoy he hecho algo horrendo. ¿Cómo he podido caer en esto? Al final termino siendo como los demás. ¿De qué me sirve todo en lo que he creído?

-No lo sé, Carlos. –Samuel estaba apesadumbrado y roto. Aquel chico le gustaba demasiado como para que saliera con esas en aquel momento. –No tengo mucha idea de en qué ni en quién crees. Sé que yo creía que contigo podrían ser las cosas muy diferentes y sabía que eras distinto, pero no pensé que me hicieras sentir culpable de esto. Vámonos. –Arrancó el motor y volvió a tomar la carretera.

-Tú no lo entiendes, Samuel. –Dijo Carlos entre sollozos. –No te quise criticar porque me gustabas como persona o no sé cómo. Ayer habría dicho que ibas por el camino erróneo. Hoy sólo puedo decir que me he equivocado yo. No te juzgo…

-¡Faltaría más! –Lo cortó irritado Samuel.

-Quiero decir que sé que tú no tienes consciencia de lo que haces, pero yo sí, y la he perdido. Perdí la consciencia y me despertó la conciencia.

-Estás muy equivocado, Carlos. –La irritación de Samuel iba en aumento. Cualquiera que lo conociera un poco sabría que cuando hablaba con tanta suavidad podía llegar a ser muy duro. –Si crees que no tengo consciencia ni conciencia es tu parecer. En ningún momento me han parecido mal tus creencias y las habría aceptado con todas sus consecuencias, incluso renunciando a ti, pero no trates de ponerme en la picota. Cree en lo que quieras. Haz lo que te dé la gana, pero ni se te ocurra ponerme en tela de juicio. ¡Por favor! Pero si hasta fuiste tú el que te acercaste y yo he sido honesto y respetuoso contigo todo el tiempo. ¿De qué vas? ¿Qué buscas? Si quieres vivir atormentado entre lo que crees y lo que quieres eres muy libre, pero de verdad, Carlos, no vayas jodiendo a los demás. Ya tenemos bastante.

El coche paró en la calle contigua a la plaza. Carlos se apresuró a quitarse el cinturón y se dirigió de nuevo a Samuel.

-Siempre me han avisado que había que tener cuidado con los lobos con piel de cordero. Al final siempre termina uno engañado.

-¿Qué? –Samuel gritó. –Lárgate de aquí, hipócrita de cerebro lavado. Haz memoria y piensa cuántas cosas te he pedido y en cuántas te he engañado y te darás cuenta de que el único que ha mentido, incluyéndose a sí mismo, has sido tú. Ahora si no te importa, bájate de mi coche. –La última frase fue pronunciada con suavidad y cierto toque de cinismo.

-Yo de verdad que lo siento. No quería decir eso. Es culpa mía por ceder a los instintos. –Se disculpó Carlos.

-Vale perfecto. –Samuel se había convertido en un témpano de hielo. –Y ahora ¿te importa mucho apearte del vehículo? –Pronunció lenta y perfectamente, marcando cada palabra como si el oyente no entendiera bien su idioma.

Carlos se bajó del coche y antes de cerrar la puerta volvió a dirigirse a Samuel.

-¿Nos volveremos a ver? Podemos ser muy buenos amigos…

Samuel lo miró fijamente.

-Ni loco, chico. Adiós.

La puerta se cerró y Carlos se marchó lentamente. Una vez fuera de la vista, Samuel apoyó la cabeza sobre el volante y comenzó a sollozar. Al otro lado de la esquina, el otro chico lo miraba con los ojos también bañados en lágrimas.

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