La puerta de la consulta se volvió a abrir para que entrara otro paciente mientras el médico seguía tecleando en el ordenador los datos de la última visita. Levantó la mirada y vio a un chico de menos de 30 años acercarse a su mesa. No sólo era guapo y atractivo; su cuerpo estaba tan bien hecho que podría haber sido el modelo de cualquier atlas de anatomía. Manuel, don Manuel, como le llamaban sus pacientes de cada día, tragó saliva.


-Buenos días. –se atrevió a decir.

-Buenos días, doctor. –La medio sonrisa del chico le resultaba enigmática.

-¿Va todo bien? –Justo al terminar la pregunta, Manuel se sintió estúpido.

-Bueno, no sé… -contestó el chico sonriendo aun más. –Si fuera todo bien no estaría aquí, ¿no?

-Sí, sí. Esa pregunta sobraba. –Manuel suspiró aliviado y le devolvió la sonrisa. –Dime cómo te llamas para buscar tu historial y me cuentas.

-Denís Morales Díaz. ¿Quiere algún dato más?


Manuel levantó la vista y observó una mirada pícara clavada en sus ojos. Azorado negó con la cabeza y se volvió al ordenador para teclear torpemente el nombre. A veces discutía con sus amigos porque ellos opinaban que un profesional de la salud no podía sentir nada al ver o tocar a un paciente. La misma vieja historia de que eran seres asexuados. No era el caso de él y estaba convencido que no lo era el de nadie. Demasiadas veces se había empeñado en explicarle a los amigos que todos eran personas y que sentían y vivían las cosas igual que los demás, pero ellos estaban convencidos de que la profesionalidad, que él había guardado siempre, estaba necesariamente ligada a los sentimientos y los instintos. Ese era el barranco que ellos no conseguían cruzar.


-Bien, ya te tengo. Dime. –Manuel volvió con la mirada al chico que esperaba con los brazos cruzados.

-¿Me tiene? –Denís rió con descaro y le guiñó un ojo a Manuel, que, desconcertado, se puso rojo al instante.

-Bueno… ya me entiendes. –Balbuceó.

-Ya, ya. Estaba bromeando. Perdone, es que no lo puedo evitar.

-No importa, hombre. A veces se agradece una visita así después de tanto de lo mismo, tú sabes Denís. Incluso me puedes contar lo que te pasa. –Esta vez fue el médico el que le sonrió.


Denís descruzó los brazos y cesó de repente el juego de las miradas.


-Verá… es que me da un poco de corte contarlo, pero bueno, supongo que estará acostumbrado a ver de todo…

-Hombre, por supuesto. –Manuel se sintió por primera vez intrigado. –No te apures por nada ni te dé vergüenza. Puedes estar tranquilo.

-De acuerdo. –Dijo decididamente Denís. –Pues que me pica todo y estoy un poco preocupado.

-¿Todo el cuerpo?

-No, no. Que me pica… bueno…

-Puedes hablar claramente, Denís. No me voy a asustar de nada. –Manuel sabía a qué se refería, pero de algún modo deseaba escucharlo a él.

-Los huevos y… ya sabe… toda esa parte.


Denís se movía inquieto. Todo el desparpajo de cuando entró había desaparecido por completo.


-Ya. Comprendo. –Dijo Manuel. -¿Has mantenido relaciones hace poco?

-¿Eso es importante? –La respuesta de David resultaba algo desafiante.

-Sí, lo es. Si no lo fuera, no te preguntaría.

-Pues hace unos días. No recuerdo exactamente cuándo. Digamos que hace cuatro.

-Está bien. -Musitó casi para sí mismo el médico. –No te voy a preguntar si con un hombre o una mujer. No es necesario saberlo de momento, pero sí te voy a pedir que te bajes los pantalones. Tengo que mirarte.

-Pues casi preferiría que me hiciera la pregunta, la verdad. Se me hace más cómodo decirle que fue con un tío que ponerme en pelotas aquí mismo.


Manuel volvió a fijarse en la belleza del chico y sintió una incomprensible punzada de celos. A sus cuarenta y pocos años seguía siendo un tipo atractivo, pero se sentía muy solo desde hacía demasiado tiempo.


-No pasa nada, Denís. Puedes quedarte tranquilo, pero déjame ver si te puedo ayudar, ¿te parece? –La voz de Manuel sonaba tranquilizadora.

-Sí, sí. De todas maneras sabía que tendría que hacerlo. Hasta me sentí aliviado cuando entré en la consulta y vi que era un tío el que me iba a ver, porque si llega a ser una médico me largo. Las bromas eran de puro nerviosismo. –Explicó Denís.


Manuel sonrió y le indicó con un dedo que hiciera lo que le había pedido. Denís lo miró durante un segundo que pudo haber sido un siglo y acto seguido se desabrochó los pantalones y los dejó caer, dejando a la vista unos calzoncillos blancos de marca que le quedaban a la perfección. La erección de Manuel fue instantánea.


-Eso también, Denís. –Titubeó el médico mientras se ponía, nervioso, unos guantes de látex.


Denís se bajó los calzoncillos hasta la rodilla. Su hermoso miembro caía flácido sobre unos testículos casi perfectos. El vello púbico no era abundante y estaba bien dibujado, aunque se notaba que no había sido rasurado. Ante ese panorama no era necesario, pensaba Manuel.


-Te tengo que tocar para explorarte, ¿de acuerdo? –Dijo el médico con todo el aplomo posible en esas circunstancias.

-Sí… ya… pero no toque demasiado, que no soy de piedra y usted… bueno… ya me entiende. –Contestó Denís bromeando nervioso ante la situación.


Manuel casi se sentía desvanecer. En aquel momento se habría metido aquel pene en la boca sin dudarlo un instante, sin importarle lo que fuera. El suyo propio le palpitaba bajo los pantalones en un intento de salir. No dijo nada. No podía.


Comenzó a tocar, tembloroso, a Denís y descubrió al instante el problema. Ni siquiera era necesario seguir, pero continuó un poco más. El tacto, incluso con los guantes, era delicioso, como el calor que emanaba el miembro de aquel chico de mirada profunda.


-De acuerdo. –Dijo.

-¿Qué pasa? –Preguntó casi asustado Denís.

-Nada, hombre, no tienes que preocuparte. –La voz del médico mostraba más aplomo del que él mismo sentía. –Tienes ladillas.

-¿Ladillas? Eso es malísimo, ¿verdad? –Denís estaba asustado.

-No, Denís. No es que sea agradable ni bonito, pero no pasa nada. Es algo que se pega con facilidad.

-Maldito hijo de puta. –Masculló Denís.

-¿Qué? –Manuel se puso en guardia.

-No. No me refiero a usted. Estoy hablando del tío ese asqueroso del otro día. –Se explicó Denís. –Total, por un mal polvo…

-¡Ah! Pensé que lo decías por mí. –Contestó aliviado Manuel.


Denís trató de sonreír, pero se le dibujó una mueca extraña en la cara, que reflejaba una gran preocupación.


-Ladillas… ladillas… ¿qué son las ladillas exactamente? –Preguntó.


Manuel lo miró y trató de hablar para tranquilizarlo.


-Pues verás; aunque suene fatal y parezca algo gravísimo, no son más que piojos de…

-¿Piojos? –Casi gritó Denís.

-Espera, espera que te cuente, Denís. Óyeme, ¿de acuerdo? –Le dijo Manuel.

-Vale, de acuerdo. ¿Pero piojos? ¡Qué asco!

-Pues sí, son una especie de piojos que viven casi siempre en la zona púbica. Necesitan más calor que los de la cabeza y además, igual que los otros, viven donde hay pelo. También te los puedes encontrar alguna vez incluso en las axilas o en otras zonas donde haya vello o pelo. De todas maneras, a pesar de que se pasan con mucha facilidad de una persona a otra y hay que evitar su transmisión, no son peligrosos en sí hoy en día. No es tan raro y hay cosas bastante peores. Te mandaré un tratamiento y en muy poco tiempo se habrán muerto todos y problema resuelto, ¿te parece?

-Pues claro. –Dijo resueltamente Denís, que seguía con su miembro a la vista azorada de Manuel.

-Puedes subirte los pantalones. –Le sugirió con una suerte de pena el médico al hermoso chico, que corrió a ponerse la ropa con rapidez. El gesto volvió a excitar a Manuel, que casi huyó a su mesa a escribir la receta.

-Usted es un buen médico. Es una gran persona. –Soltó de repente Denís.


Manuel arrancó la receta del talonario y se la dio a Denís con los ojos clavados en los del chico.


-Gracias. –Fue lo único que consiguió decir.

-Gracias a usted. –Denís tomó la receta tocando levemente la mano de Manuel, que sintió una oleada de calor que le subió hasta la cara.

-Me llamo Manuel. Me puedes tutear.

-Vale, Manuel. Si quieres vengo a contarte cómo me ha ido en unos días. –Dijo alegremente Denís.

-Por favor…

-Pues lo haré, seguro. Te veo en unos días. ¿Hay algo más que tenga que hacer? –Preguntó el chico.

-Bueno, tú sabes. Es mejor evitar relaciones con desconocidos y tomar todo tipo de precauciones, pero vaya, esto lo habrías pillado de cualquier manera. –Le explicó el médico.

-Nosotros ya nos conocemos, ¿no? –La sonrisa pícara había vuelto al rostro de Denís.

-Sí, ya nos conocemos. –Manuel no sabía qué decir.

-Te veo en unos días, Manuel. Acuérdate de mi cara, ¿eh?


¿Cómo se iba a olvidar? Manuel se levantó para despedirse y darle la última recomendación.


-Procura no mantener relaciones con nadie en estos días o le contagiarás el mismo problema.

-Cuando ya no tenga nada igual eres tú el primero que se entera. –Dijo Denís con la sonrisa abierta.

-Hasta pronto, Denís. – Se despidió el médico sin querer decirle cuánto deseaba que así fuera.

-Nos vemos. –Saludó el chico mientras se dirigía hacia la puerta. La abrió, miró hacia Manuel y le guiñó un ojo. Luego cerró la puerta tras de sí.

-Nos vemos… -Repitió para sí mismo Manuel con la mirada perdida más allá de las paredes de la consulta y preguntándose si Denís volvería. La puerta se volvió a abrir. Uno de sus habituales pasó a la consulta para despertarlo de su ensueño.


-Buenos días, don Manuel. Qué malita cara tiene hoy. ¿No ha dormido bien?

-Será eso, Francisca, será eso.

No, no se me había olvidado ni había dejado de tenerla presente, pero había dos motivos claros para no publicar esto el mismo día y en el mismo sitio que el resto de los premios M4M Blogs de Cine: uno que el lugar no era el más apropiado para cierta persona; no es que se fuera a escandalizar, pero hay que poner a cada uno en su sitio y su sitio creo que es más bien este, que se quiere parecer un poco a lo que ella hace (sí, he dicho ella), aunque no lo consiga ni de lejos. Por otro lado, me temía que no fuera a aceptar este humilde galardón porque muchos ya sabemos lo que piensa, pero creo que no me equivoco si digo que para nada esto es un meme y que creo que lo aceptará gustosa. La duda... este premio no se toca...

Pues bien, desde el otro blog, pero en este lado, que al fin y al cabo es el otro, tengo el placer de entregar el décimo y último premio de la edición 2009 de M4M Blogs de Cine. El galardón a la Mejor Actriz va directamente a Menda, del blog "La calle del olvido". Muchos pensarán que ella es más directora o guionista que actriz y puede que sea verdad, pero para mí, ella se interpreta a sí misma como nadie. A veces perdemos de vista que cuando uno habla de sus cosas, cuenta sus historias o hace sus diálogos con esos boquerones a punto de caer en la sartén, está interpretando un papel, aunque sea el suyo y es que todos somos protagonistas de nuestras vidas y para mi gusto, Menda es una gran protagonista de su blog y eso, aunque parezca de perogrullo, no es tan fácil, de modo que para ella va este premio que humildemente espero que acepte.

Te recuerdo, querida Menda, que la fiesta será el próximo sábado en un bonito escenario que estamos montando en una calita de Costa Teguise, Lanzarote. No me faltes, porque además tendrás que venir de la mano del ganador al premio al Mejor Actor, que es nada menos que Eduardo Noriega. ¡Chúpate esa!

Quedo a tus pies y con este acto queda clausurada la entrega de premios. No faltéis a la fiesta que se celebrará en Lanzarote, a la orilla del mar. Estáis todos invitados.

Hoy he recibido por partida doble (que yo sepa) un premio de estos de los que no sólo hay que recibirlo, sino que además tiene normas. Me lo han dado Stultifer y Alex casi a la vez y se trata de algo así como el Premio a la Honestidad. La norma de este meme (se llama así, ¿no?) es que hay que decir 10 cosas sobre uno mismo que sean verdad y luego volverlo a repartir entre otra gente, así que allá voy con mis sinceridades...

1.- Detesto las cadenas. Todo lo que está encadenado sufre más o menos anemia de libertad. Nunca me han gustado los emails cadenas, los "forwards" con cuarenta mil direcciones de correo electrónico a la vista de todo el mundo (una invasión de la intimidad como otra cualquiera), los pps del Dalai Lama, de la amistad y tonterías por el estilo, etc. En esta ocasión voy a responder porque el premio viene de quienes viene, pero será la última vez que lo haga. Y no es que no esté de acuerdo con los premios, que me parecen estupendos como reconocimiento de una labor (vaya, que dos veces he entregado yo y precisamente hoy fue un día de esos), pero no estos memes que se reparten por doquier y llenan la blogosfera de dibujitos y de ciertos compromisos. Ya, ya sé que hay gente a la que les encantan e incluso tienen días específicos (incluso blogs) para "presentarlos en sociedad", pero, sinceramente, los dibujos de un gatito cursi con lacitos, una niña repelentemente Candy Candy con una flor o un ratón de diamantes dicen muy poco. Me recuerda demasiado a los fastidiosos emails que llegan a la dirección de messenger y que hay que borrar a toda prisa. De hecho me recuerda algunas otras cosas más. En fin... tengo que ser honesto, ¿no? Premios merecidos (y personalizados a poder ser) sí. Memes no.

2.- Sigo siendo honesto, jejeje, y aunque suene raro, me encanta la comida de los aviones.

3.- Odio viajar en autobús. Me da mareo (fatiguita). Menos mal que no lo hago nunca... de momento. Larga vida al coche.

4.- No me gusta la gente que habla por el móvil para su interlocutor y para todos los que le rodean. Me molesta horriblemente que griten y si lo hacen por teléfono, me parece encima incongruente. Que lo llamen a gritos y se ahorran el establecimiento de llamada.

5.- Me gustaría dejar de fumar y hacer deporte, pero no me gusta el deporte y me encanta fumar. El día que me pille con ganas le doy una vuelta de tuerca a la vida.

6.- Adoro a la gente que es sincera pero no cuenta siempre toda la verdad. La verdad a veces duele y el que sabe guardar ciertas cosas para evitar daños ajenos es más listo que el que las suelta todas. De eso no me cabe ninguna duda. No hablo de mentir, sino de no decirlo todo. Creo que no siempre es necesario y muchas veces es incluso hiriente.

7.- En contra, detesto la hipocresía, la mediocridad y la pobreza de espíritu. Los envidiosos pueden conmigo, igual que los aprovechados. De esos conozco a unos cuantos; de los que se venden como moneda de oro y no son ni de latón. Mucho cartón piedra hay por ahí suelto (o quizás no tanto).

8.- Tomo alrededor de dos litros de Coca-Cola (light, eso sí) al día. Me encanta y no puedo vivir sin ella.

9.- No me gusta que me den masajes en la espalda. Ya sé que soy raro, pero ni me gusta eso, ni que me rasquen. En eso soy un poquito arisco.

10.- Y como tengo que terminar de ser honesto y fiel conmigo mismo (y por tanto con los demás), rompo aquí la cadena (ya se sabe que detesto las cadenas, ¿no?) y no voy a nominar a nadie para darle el coñazo con este mismo meme, que al final vamos a terminar todos haciendo lo mismo a la vez. Mejor nos quedamos como estábamos, que ya hay varios memes de este estilo circulando por ahí y mira, ya aprovecho para dar mi opinión sobre ellos y para que se sepa que este es el primero y el último que contesto. Eso sí, se habrá visto que soy honesto, ¿no?

De todas maneras, muchas gracias a las dos personas que me lo han enviado porque sé que lo hacían con toda su buena intención. Y también muchas gracias a los que antes habían evitado enviarme otros del estilo porque ya me conocen. Pero si hay hasta filántropos (qué pretencioso llamarse a uno mismo así) que están para estas cosas... porque para otras...

Para ser honesto... hoy he sido demasiado honesto...


El vértigo volvió a aparecer. Ya sólo quedaban seis escalones, seis peldaños para llegar a lo más alto de aquella inmensa torre que se alzaba en medio de la ciudad como el símbolo de una grandeza pasada, pesada, pisada por el tiempo. La misma que él había poseído y paseado con orgullo durante los últimos años de su vida y que de la misma forma fue pisoteada.


Un peldaño más.


Trató de no mirar hacia abajo. La altura lo hacía estremecerse. El frío viento azotaba su cara y lo hacía temblar. Ya no quería parar. Era una decisión tomada con toda la determinación. Ya no valían los pésames a veces fingidos de los que sentía cerca. Tampoco esa maldita autocompasión que cada día lo sumía más y más en aquel profundo pozo. Había que subir para bajar. Lo segundo no había sido antes el objetivo de su vida. ¿Quién lo iba a imaginar? Ahora volvía a elevarse con la tristeza clavada en los ojos y con la idea de detener la bajada con otra más rápida, más violenta, más cruel quizás. Un punto y aparte. Un punto y final a la amargura que había puesto a su corazón de rodillas.


Cuatro peldaños más.


Y todo habría acabado.


Mientras subía se preguntaba por primera vez si todo cesaría en ese momento. Si quedaría algo, si seguiría quemándose como el papel que ya no quería seguir interpretando. Una nueva ráfaga de viento helado le congeló ese pensamiento en la mente. ¿Y si así quedara todo en suspenso, detenido en ese momento para toda la eternidad? Por primera vez sintió miedo. No le temía a la muerte más que al dolor, como recordaba haber oído decir en una vieja canción.


Un paso más. Levantó un pie. Lo apoyó en el antepenúltimo escalón y con él hizo fuerzas para elevar el otro. La ciudad estaba a sus pies.


Recordó cómo había descubierto sorprendido, sobrecogido, el engaño de unos ojos que ya no lo miraban, que lo atravesaron un día para fijarse en alguien que pasaba por detrás. No había sido necesario volver la cara para ver el objeto de un deseo contenido. No había querido saberle la cara. La verdad la tenía delante y, después de tantos años, conocía cada simple gesto, cada mirada. Era casi imposible que se le hubiera escapado aquello. Su silencio, el silencio ajeno, fueron los testigos del fin de aquellos años. No hubo nada más. Sólo silencio y unas lágrimas que no consiguieron aflorar a sus ojos. Unas lágrimas con sabor a espinas en el fondo de su garganta, de tanto que dolían. Sobraban las palabras. Siempre habían sobrado. La misma complicidad que siempre había dado por hecho el amor sin necesidad de palabras era la que ahora lo condenaba al olvido. Unos ojos que se posaron, ya sabios y culpables, en una sombra que pasaba a sus espaldas. ¡Maldita sea! ¿Cómo había estado tan ciego?


Un peldaño más. Un escalón menos.


Cansado de todo pensó en qué ocurriría si no subiera el último. No había tenido fuerzas para continuar en los dos últimos meses. ¿Por qué iba a cambiar todo en este momento? No tenía sentido.


Dio el último paso y se colocó arriba del todo. Ya no quedaban más escalones. Era como estar en la cima del mundo, en la sima del mundo, encima del mundo. Todo eran contradicciones. El viento lo volvió a azotar en la cara y arrancó unas lágrimas que no tenían nada que ver con el dolor. Miró con los ojos húmedos hacia abajo. Sólo había que dar unos pasos y todo acabaría… o no. La misma duda se volvió a instalar en su cerebro, precisamente cuando ya apenas quedaba nada para ese final casi soñado, deseado, desesperado, desesperanzado. Una idea que nunca antes había tenido y que ahora retenía aquellos últimos pasos.


Miró hacia atrás en el tiempo y trató de vislumbrar el futuro. No cambiaba el color. Comenzó a caminar hacia aquel destino final que había decidido. El aire lo empujaba hacia él, haciéndole tambalearse. Tocó con una mano la barandilla y luego se aferró con fuerza a ella con las dos. Si era difícil, sólo era un instante: un pequeño salto, un momento de valor hecho cobardía, de cobardía hecha valor. El vértigo era sobrecogedor. El vértigo de la altura, el de la hartura. Tanto daba mirar hacia abajo; un paso más, como hacia delante; recorrer el camino de vuelta con la esperanza hecha jirones. La primera opción lo llevaba justo en aquel momento hacia la duda. La segunda hacia la incertidumbre.


Se planteó si había alguna decisión que fuera irrevocable y, por primera vez, se percató, con los ojos llorosos por el frío, de que sólo dar el último paso hacia delante, el último salto, no dejaba más opciones. Soltó la barandilla y volvió la vista hacia atrás. Con paso tembloroso comenzó a desandar el mismo camino que le había llevado a la cima, a la sima. Ya no podía subir más alto. Ya no podía caer más bajo. Comenzó a bajar las escaleras. Al fin y al cabo esos mismos peldaños seguirían allí por si algún día cambiaba de opinión.



Esta entrada está dedicada a Stultifer, al que le prometí hacer algo relacionado con escaleras en agradecimiento al detalle de otorgar la mención de blog del día a este pequeño sitio. Me he retrasado un poco, pero aquí estamos. Gracias.


Resulta difícil imaginarse una oscuridad más completa que la que se ve (¿se ve la oscuridad?) desde un barco en alta mar. Mires donde mires, todo es negro y, si acaso, con su beneplácito, se puede observar cómo la luna se refleja sobre la superficie del agua en ese vaivén caprichoso de miles de puntos de luz que forman una imagen difusa; el resplandor del astro blanco. Hoy no hay luna. Se está vistiendo de nueva.


El cielo se observa en todo su esplendor. Es sencillo imaginarse el porqué de aquellos navegantes que se guiaban por las estrellas, porque allí, aquí, sí hay estrellas; esos pequeños puntos blancos, cada uno con su nombre, que ya casi tenemos olvidados. Las estrellas, la luna ausente y el tenue resplandor que producen las luces del barco, son los que me acompañan en esta solitaria noche en la que no puedo hablar. Lo hago desde el pasado. Ya conozco la sensación de esa oscuridad tremenda, de esa soledad buscada a ratos y de ese sonido de las olas que chocan continuamente contra el casco del barco en movimiento. Podría pasar horas allí en esa nada, aunque noto el frío, varios nudos de frío húmedo y salobre.


Nací junto al mar. Casi toda mi vida he vivido a su lado. Ignorándolo a veces por aquella estúpida razón de que sabía que estaba ahí. Como cuando das a alguien ganado. No, si ya sé que me quiere... ahí está. Es tan hermoso y dulce...pero esos "dados por seguro" son tan peligrosos como las mareas, que vienen y que van, que suben y que bajan y que, a veces, provocan tsunamis del corazón. También lo sé por experiencia.


Me gustaría escribir esto desde ese lugar que relato, pero es imposible. Hablo de lo vivido, pero no puedo hacerlo de este momento. No tengo modo de llegar aquí más que usando recursos técnicos de un diferido que huele a rancio. Lo siento. Sólo sé que he dejado atrás de algún modo experiencias maravillosas, gente a la que quiero, familia, amigos, mi viejo hogar... casi todo, y sin embargo me dirijo con ilusión a un nuevo destino. Queda aún un día para llegar. Un día de mar y de olas cortadas por el buque.


Poco va a cambiar en lo que respecta a este pequeño lugar que tengo y al que me gusta acercarme a dejar cualquier pensamiento. Da igual dónde se esté, pero sé, hoy lo sé, que no hay apuestas que valgan, que nada de lo pensado, de esas premoniciones que de repente vienen a la cabeza, tiene por qué cumplirse. El destino, ese incierto hacedor de misterios, se encargará de todo y si no es él, todo, por su propia naturaleza tiende a cambiar. La entropía de la vida.


Pero el barco continua su rumbo. Llegaré, sé que llegaré, y todos, más tarde o más temprano, conseguiremos alcanzar ese buen puerto. Es sólo cuestión de actitud y de luchar, buscar, moverse, arriesgar. Quizás me siente a esperar si hay una pequeña esperanza. Quizás decida que no va a haber cambios y que carezco del tiempo que la juventud otorga. Pero no es una cuestión de buscar ni de esperar. Lo mejor de la vida llega así, sin más, sin pedirlo, sin que medien palabras de súplica. Casi por casualidad.


Hablo desde la noche cerrada pero sé, estoy seguro, que mañana volverá a brillar el sol, incluso detrás de alguna nube traviesa.


Empieza a hacer frío. El aire y la humedad me calan los huesos. Creo que es hora de guarecerse, pero volveré, ya lo creo que volveré. Desde otro lugar muy distinto. ¿Importa mucho? Nada va a cambiar tanto, pero tampoco nada va a permanecer igual. Ya no.


Saludos desde alta mar.


Escrito la mañana del domingo 18 de octubre de 2009 y publicado en la noche del martes 20 de octubre

El sonido del reloj, incansable (tic, tac, tic, tac) se le clavaba en la cabeza. Llevaba ya más de una hora oyendo el goteo incesante de la misma cisterna que nunca terminaba de arreglar (cloc, cloc, cloc). Cada mañana la olvidaba y cada noche se empeñaba inútilmente en recordar ese pequeño martirio nocturno que se perdía entre los sonidos del día. Desesperado, jugaba al absurdo juego de intentar sincronizar ambos sonidos, que se desacompasaban y cada cierto tiempo volvían a escucharse al unísono. Una sola vez. Luego se perdían los ritmos y había que volver a empezar de nuevo hasta que se volvieran a unir en un solo momento de armonía disonante que duraba lo que dura un instante.


Recordó, sin dejar de llevar el ritmo, los raros días de verano que pasó junto a su amante; aquel hombre maduro al que llegó a adorar y que jamás le dio un minuto de paz con sus incesantes desplantes (hoy no, hoy no, hoy no) en su intento de conciliar la vida vivida y la deseada, y que sólo así consiguió romper el lazo que le unía a él. Nunca se sintió querido por alguien que anteponía la cara vista a la espera que desvestía, poco a poco, de ilusión (di que hoy sí, di que hoy sí) sus cortas horas con él. Aquello había muerto sin apenas haber nacido.


Miró un poco más de cerca y vio los ojos de aquel chico que sólo veía en él un objeto del deseo (más, más, más). Y al que por más que había intentado hacerle ver que estar juntos era algo distinto que lo incluía todo, él no lo comprendió nunca. Esto es lo que le da la chispa a la vida, ¿o es que no quieres sexo? Esa era su única explicación y él, que lo amaba hasta el punto de dejarse llevar por casi cualquier cosa, no quiso darle la importancia que tenía hasta que se sintió como un muñeco de trapo, usado ante la necesidad y olvidado en los momentos en los que no había más que eso. También lo rompió.


Y pensó en la tarde de aquel mismo día. Había hecho lo posible por volver a intentarlo. Había salido a la calle en busca de no sabía qué y aún no sabía lo que había encontrado: un tipo atractivo, pagado de sí mismo y que lo miraba como el que mira un coche nuevo en una exposición (bien, bien, bien). Le había propuesto algo sin complicaciones, sin explicaciones, sin necesidades, sin futuro y él, a pesar del deseo que le producía, se había negado. No quería volver a sentirse un objeto. Mañana será otro día. Pensó. Y acertaba. Al fin y al cabo, el día siguiente sería otro y el siguiente otro muy distinto.


El ritmo del reloj y del goteo de la cisterna volvieron a coincidir de nuevo y de nuevo comenzaron a perder la sincronía. Era un fatídico juego de amor y desamor entre dos sonidos. Se levantó, quitó las pilas del reloj y cerró la llave de paso. Silencio.


Sin duda, mañana será otro día. Volvió a decirse con una medio sonrisa en la boca. Y poco a poco se fue sumergiendo en un sueño pacífico.


Mañana.


Fue su último pensamiento.


Los animales y los niños / The beasts and the children

Ellos, todos ellos, son los herederos de lo que hagamos nosotros ahora.
El fututo es suyo, el mundo es suyo, de los animales, de las plantas y de los niños. El futuro pertenece a la naturaleza Tenemos que luchar para que no se conviertan en víctimas de nuestros errores y enseñar a los niños a vivir en paz con la naturaleza. Ellos serán más sabios que nosotros. Aún estamos a tiempo. Nos (les) podemos dar una oportunidad. Os dejo un vídeo acerca del tema. Espero que os guste.
Música: Bless the Beasts and the Children - The Carpenters (subtitulada al español)

They, all of them, are the heirs of what we do now. We have to fight to free them from our own mistakes and teach the children to live in peace with Nature. They will be wiser than us. We have still time. We can give us (and them) this opportunity. I leave you a video about this. I hope you enjoy it.
Music: Bless the Beasts and the Children - The Carpenters (subtitles in Spanish)


October 15th


Hoy 13 de octubre de 2009 se celebra, creo que por primera vez y a iniciativa de Stultifer, del blog no sin mi cámara, el día de las escaleras. Pidió a los que quisieran, que se unieran a su propuesta y, bueno, más mal que bien, he decidido hacer algo al respecto. Ahora escribo unos parrafitos (cortos, para no agobiar a la peña) y luego colocaré un vídeo "escaleril". Seguro que hoy podréis encontrar muchas y mejores entradas dedicadas a este invento de Stultifer. Para eso, sólo tenéis que visitar su página. Creo que ha puesto todos los enlaces. Ahí queda eso...

Hay escaleras de caracol; sí, esas que se describen haciendo un gesto característico con las manos, como cuando quieres explicar lo que es algo viscoso. También las hay de peldaño ancho o estrecho, alto o bajo, escaleras de incendios, escaleras empinadas, antiguas, modernas, majestuosas, humildes, retro, de todos los estilos arquitectónicos y de cualquier material. Hay escaleras que salvan vidas y otras en las que hay gente que se mata, escaleras de tijeras, de mano, mecánicas; escaleras de color, de piscina, náuticas, escalerillas, escaleras para uso exclusivo de vedettes e incluso hay escalas, por nombrar algunas.

Pero yo en realidad me pregunto si realmente hay escaleras que suben y escaleras que bajan (ahí no cuento las mecánicas, porque con esas más o menos lo tengo claro). Hay veces que observas una escalera y piensas: "anda, mira esa escalera que sube a tal sitio" y sin embargo hay otras veces en las que te planteas que esa misma escalera u otra bajan a no sé dónde. Pero en realidad, digo yo, la escalera ni sube ni baja la pobre, que siempre está ahí para lo que le digan. Somos nosotros los que nos empeñamos en darles el uso que mejor nos convenga. Por eso la subjetividad de las escaleras, o la nuestra, vete a saber, porque ellas nunca han sido engañosas, pero nosotros sí que somos a veces un poquito tercos con nuestras percepciones. Las ideas fijas, digo yo.

En fin, que yo hoy voy a dedicar esta entrada a las escaleras que suben, pero no a las que suben al quinto, por poner un ejemplo, sino a esas que te llevan al cielo (no al cielo de morirse, claro, sino al de estar bien, al de encontrarse... digamos... guay). No sé si me ha salido, pero he usado un muestrario de fotos y lo he ilustrado en el vídeo con una canción que creo más o menos adecuada, rompiendo por primera vez la regla de usar vídeos en este blog. Espero que os guste. ¡Feliz día de las escaleras!

Stairway to heaven. Escalera al cielo.


Y de tus ojos al mar

sólo hay vacío y silencio.

Del mar a mi soledad,

un océano de sueños.


Isaac dejó caer el bolígrafo sobre la mesa tras leer lo que había escrito. Una lágrima recorría su mejilla derecha. Aún no podía creer lo que había sucedido y se empeñaba, día tras día, en escribir cartas que sabía que no llegarían jamás a ser leídas. El rencor y la terquedad de Manuel no eran algo nuevo para él y estaba convencido de que aquellos mensajes que había enviado de todas las maneras posibles no habían sido abiertos ni leídos por su destinatario. Aun así se empeñaba en seguir intentándolo. Era como hablarle. Deseaba contarle cómo se sentía y seguía esperando una explicación a algo que no entendía.

Con el rostro húmedo de dolor, releyó ese primer poema que había escrito en todo aquel tiempo y se preguntó qué había querido decir él mismo con ese mar y ese océano. Cogió el folio donde lo había escrito y lo arrojó a la papelera. Ya iba siendo tiempo de cambiar las cosas.

Revolvió entre sus papeles y encontró uno de los poemas que Manuel le había dedicado. Él sí amaba la poesía y conseguía transmitir un sentimiento que había conquistado a Isaac desde casi el primer día. Lo leyó en voz baja.


Lo que tus ojos no dicen

lo expresan tus dulces manos,

lo que no cuenta tu boca

me lo susurra tu llanto;

esa paz que me provoca

el acercarme a tus labios.


Estaba escrito en una servilleta de papel. Isaac recordaba el momento en el que lo hizo. Fue en un instante, mientras él se levantaba a pagar en el bar. Al volver, Manuel, sonriente, le entregó el trozo de papel y él lo leyó con lágrimas contenidas. Volvió a mirar a Manuel, que seguía sonriendo e hizo un gesto interrogativo con los hombros.

-Son sólo unos versitos. –Dijo Manuel con una sonrisa pícara en sus ojos.

-No. Son mucho más que eso. –Isaac se sentía abrumado. –Casi me haces llorar.

-Anda, no me seas bobo, guapito. –Manuel tenía la costumbre de llamarlo así, guapito.

-Me tienes loco y lo sabes. –Musitó Isaac con la mirada seria.

-Y tú a mí, pero pon una sonrisita, hijo. Parece que te haya hecho una esquela en vez de una poesía.

Isaac sonrió. Desde que había conocido a Manuel, cuatro meses antes, su vida había cambiado por completo. Se veían casi todos los días y pasaban juntos la mayoría de las noches. Era la primera vez que amaba a alguien de ese modo y le resultaba imposible imaginar una vida sin él.


Ahora estaba solo.


Recogió todos los papeles desperdigados sobre la mesa, se vistió y salió a la calle. No podía soportar más la presión de verse allí encerrado dando vueltas siempre al mismo tema. Tenía que escapar, evadirse, encontrarle una solución a su callejón sin salida.

Con la mirada perdida caminó por las calles transitadas de gente que iba y venía y llegó a los cines. Estudió las películas que había en cartelera y se decidió por una de corte fantástico, de esas que prometen entretener sin hacer pensar apenas. Compró su ticket y entró en la antesala, a la espera de que comenzara su sesión en media hora.

Miraba distraídamente los carteles de los próximos estrenos cuando sintió una voz a sus espaldas. Se volvió rápidamente con el corazón acelerado.

Era Manuel. Su cara cambió a una especie de rictus entre la alegría y la desesperación. No sabía qué decir. Manuel lo miraba sonriendo tristemente.

-¿Cómo estás, Isaac? –Preguntó.

-Vaya. Ahora me lo preguntas. –Respondió casi de súbito Isaac.

-Ya sé que no he sido del todo correcto, pero era complicado, muy complicado.

La mirada de Manuel mostraba una sinceridad que ya conocía Isaac.

-No era tan difícil decir algo, contestar a todo lo que te he escrito. ¿Sabes lo que ha significado para mí todo este silencio? –Dijo Isaac con los ojos inundados en lágrimas. –Era como sentirme en una isla desierta, sin nadie a quien acudir, como si de repente te hubieras muerto, hubieras desaparecido y yo allí sin saber qué hacer, sólo escribir y escribir y todo para nada. No, no ha sido fácil tampoco. Lo sabes.

-¿Me dejas que te lo explique? –La voz de Manuel era una súplica.

-¿Estás solo?

-No, –la culpa se reflejaba en sus ojos. –pero sabe que he venido a hablar contigo.

-Entonces déjalo. Ya sé lo que tenía que saber. Supongo que es caso cerrado. Déjame por favor, Manuel. –Isaac lloraba abiertamente, sin importarle quién pudiera estar mirando, pero decidido a cortar todo aquello de una vez por todas.

-No fue por lo que parece, de verdad. –Añadió Manuel.

-¿Importa mucho lo que parezca?

-Creo que sí.

Isaac, dispuesto ya a marcharse lo miró con decisión a los ojos y habló.

-¿Y qué más da, Manuel? ¿Va a cambiar algo? ¿Crees que estás dispuesto a eso? ¿Acaso crees que lo estoy yo?

-No, no creo que cambie. –Manuel bajó la mirada. –Pero necesitaba contártelo.

-Ya tuviste tu tiempo y guardaste silencio. ¿Por qué vienes a joderme ahora? Me haces daño y lo sabes.

Isaac no podía contener las lágrimas por mucho que lo intentara. Justamente el día que había decidido romper con su pasado se lo encontraba de cara.

-Me sentía demasiado culpable, guapito…

-¡No! No sigas. No me hables así, por favor. –Gimió Isaac.

-No era fácil y tuve que tomar una decisión. En aquel momento pensé que era lo mejor. Un corte rápido y que me odiaras para que te fuera más fácil. –Trató de explicarse Manuel.

-Lo conseguiste, sí señor. Conseguiste mucho más que eso, pero ahora ¿qué más da? –Isaac se volvió dispuesto a marcharse sin quedarse a ver la película.

-¿Cómo puedo conseguir que me perdones? –Preguntó Manuel tomándole del brazo.

-Suéltame, por favor. –El calor de las manos le quemaba. Aún seguía emanando esa sensación de cercanía difícil de entender. –Dime, ¿para qué quieres el perdón? ¿Para expiar tu culpa?

-No lo sé, lo necesito…

Isaac, se volvió de nuevo lentamente y quitó con un movimiento lento la mano de Manuel de su hombro.

-¿Eso es lo que quieres? Pues si te sirve de algo, aquí lo tienes. Estás perdonado. ¿Deseas algo más? Si no es así, deja que me marche para siempre y quédate con tu conciencia tranquila. Es eso lo que quieres, ¿no?

Manuel se sentía profundamente confundido.

-No, no es eso, es que…

-Adiós, Manuel. Espero que seas muy feliz. Yo lo fui contigo, si es que te importa saberlo. –Se volvió y comenzó a caminar hacia la salida.

-Espera, por favor. –Casi gritó Manuel.

-Adiós, Manuel. –Susurró Isaac sin volverse otra vez y se perdió entre el tumulto de la gente.

Manuel se quedó quieto y con los brazos caídos. Su rostro reflejaba decepción y tristeza. Sólo una persona había estado observando atónito la escena desde el otro lado de la sala. No parecía lo que Manuel le había contado que iba a hacer. Comprendió de pronto la barrera que nunca había conseguido romper sobre su pasado reciente y salió del cine apresurado, decidido y triste. Cuando salió de su letargo, Manuel lo buscó con la mirada, pero no lo volvería a ver nunca más.


Al llegar a casa, Isaac, aún llorando, rescató el papel sobre el que había escrito el poema. Lo releyó y cogió un folio nuevo. En un minuto había cambiado el poema:


Y de tus ojos al mar,

sólo la culpa y el miedo.

En el mar, mi soledad,

en mi vida, un hombre nuevo.


Tomando aire y con fuerzas renovadas, sonrió por primera vez desde hacía mucho tiempo.

Nunca es tarde. –Pensó. -Ni siquiera para escribir poemas.

Una nueva sonrisa se dibujó en su boca.


NOTA: Anoche mientras colgaba esto con las prisas, pues era muy tarde, olvidé dejar aquí escrito el motivo por el que había terminado este relato y no era otro que agradecer a Thiago dos cosas: su hermoso detalle por darme la distinción de "Blog plateado de la semana" el día anterior, y que él me ayudó con la primera parte del cuento, que tuve que acabar yo porque ya no eran horas. Espero que te haya gustado el final. Gracias Iago. Gracias por todo.

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